Repensem d’una vegada les facultats de Periodisme

Repensem d’una vegada les facultats de Periodisme

Per José García Avilés, catedràtic de Periodisme a la Universitat Miguel Hernández, d’Elx

Hay una lucecita roja parpadeando en el cuadro de mandos de las facultades de Periodismo, como en los cepillos eléctricos que uno no recarga hasta que mueren del todo, como en los móviles que agonizan con un 1% de batería. Esa luz lleva años encendida, pero la academia ha preferido no mirarla. Ahora irrumpe la IA, con su eficacia de becario perfecto y su prosa sin alma, y la lucecita deja de ser aviso y se convierte en epitafio si no actuamos.

Porque la IA viene a tentarnos. Y en la tentación está el verdadero peligro. Hacerlo todo más fácil, más productivo, más cómodo… No nos engañemos, IA no es una calculadora ni una máquina de escribir con esteroides; es algo más sutil y corrosivo porque, si la dejas, decide por ti. Te redacta, te resume, te ordena todo con una eficacia asombrosa que invita al abandono.

Y ahí las facultades de Periodismo deben tomar partido: o formamos periodistas con criterio o graduamos correctores del algoritmo.

Durante años, las redes sociales nos han ido anestesiando con su scroll infinito y la ruleta de dopamina que transforma el pensamiento en un gesto reflejo.

Ahora la IA da un paso más: no solo distrae, sino que sustituye.

Si antes el estudiante no leía, ahora ya tampoco escribe, ni siquiera piensa por sí mismo. Y así la pereza le va vaciando el cerebro.

¿Qué deben hacer entonces las facultades?

Lo primero: dejar de fingir normalidad. No estamos ante “una herramienta más”, sino ante un cambio de era. La educación periodística no puede seguir funcionando como si bastara con enseñar los géneros periodísticos y citar a Kapuściński.

Hay que resetear el sistema y ello nos obliga a decisiones incómodas. Volver a la escritura a mano, por ejemplo. Sí, a mano. Que el estudiante sienta el peso de cada palabra, que no pueda borrar su torpeza con un clic, que se vea obligado a pensar antes de escribir. Pensar lento en un mundo que premia la velocidad y la urgencia es un acto subversivo.

Leer mucho. Pero leer de verdad, no escanear textos como quien pasa el dedo por una pantalla grasienta. Leer para discutir, para disentir, para encontrar una voz propia entre tantas voces prestadas. Y quizá ahí está la clave, en la voz. El periodista, si quiere ser algo más que un operador de prompts, no compite con la máquina, se distingue de ella. La IA puede escribir correcto, incluso brillante a ratos, pero no puede vivir. Y si no rezuma vida, ese periodismo sólo es un simulacro sofisticado.

Las facultades deben enseñar a dudar más. A sospechar de la frase que sale demasiado bien. La IA ofrece respuestas; el periodismo necesita preguntas. Buenas e incómodas preguntas. Esas que no caben en un algoritmo porque nacen del olfato que no se descarga ni se actualiza.

Prohibir la IA sería tan ingenuo como invitarla a dirigir la clase. Hay que domesticarla. Enseñar a usarla con límites claros. Que sea un recurso ocasional y no una prótesis del pensamiento. Que el estudiante entienda cuándo le está ayudando y cuándo le está sustituyendo.

Porque la línea es fina y resbaladiza: hoy le pides un esquema, mañana le delegas el artículo y pasado mañana ya no sabes escribir sin ChatGPT. Quien no quiera verlo, que espere un rato.

El problema no es que la IA redacte; es que el periodista deje de ser autor para convertirse en “supervisor” o “ingeniero de prompts”. Un supervisor es, por definición, prescindible. Si el alumno se acostumbra a que la máquina haga el trabajo sucio (y el limpio), acabará siendo un accesorio. Y cuando la máquina piense por él, el periodista habrá desaparecido.

Los despidos ya están aquí. Las grandes agencias y los medios hablan el lenguaje frío de la automatización. Se despojan de su identidad con una ligereza que asusta. “No somos empresas periodísticas”, dicen, “somos otra cosa”. Lo triste es que en esa “otra cosa” cada vez hay menos periodistas y más ingenieros y marketinianos. Es el signo de los tiempos: o formamos profesionales imprescindibles o producimos candidatos a la irrelevancia.

Hemos de cambiar las metodologías docentes. Menos PowerPoint y más pelear con el folio en blanco. Menos trabajos en grupo que diluyen responsabilidades y más enfrentarse con la propia incapacidad. Escribir sin apoyos, sin red, sin IA. Luego, tal vez analizar cómo la IA lo habría hecho y aprender. Pero primero la soledad del que escribe. Porque ahí, en la intemperie, es donde nacen la voz propia y el estilo.

Hemos de enseñar ética como una práctica diaria. ¿Qué significa firmar un texto que has escrito en parte con una máquina? ¿Dónde termina la colaboración y empieza el plagio? ¿Qué responsabilidad asumes cuando publicas algo que no has pensado?

Y, sobre todo, cultivemos la mirada. Aunque suene tópico, es lo único que nos queda. La mirada significa interpretar, seleccionar, dar sentido. Quien no cultive su mirada será intercambiable. Y el mercado lo intercambiará sin remordimientos.

Al final, todo se reduce a una elección moral: el esfuerzo de la frase propia frente a la comodidad de la frase impostada. Las facultades deben enseñar que escribir es difícil, y en esa dificultad reside su valor. Que la verdad, o el intento de alcanzarla, no se delega.

La lucecita roja sigue parpadeando. Todavía tenemos tiempo de recargar la batería.

Hay que enchufarse ya mismo, no a la corriente de moda, sino a la exigencia. Porque si no, cuando miremos atrás dentro de unos años, descubriremos que no fue la IA la que acabó con el periodismo, sino nuestra inacción.- (Il·lustració: UCM) – Publicat originalment en castellà en el bloc del professor José García Avilés.